Había una vez
un filosofo que era tonto porque todas sus equivocadas y vanas aspiraciones
filosóficas no le permitieron ascender nunca al mundo de lo ideal inteligible,
que es el Bien que nos salva del Mal que significa el mundo sensible.
Fue precisamente Platón quien dijo, en el
libro VII de La República, aquello de que el descrédito había caído sobre la
filosofía porque no la cultivaban los bien nacidos sino los bastardos. Vamos a
exponer aquí el caso de alguien que siendo intelectualmente bastardo, por no
poseer un claro y solvente entendimiento natural, pretendió dedicarse a la
filosofía. Que no sean hoy tampoco infrecuentes los débiles mentales como él
que tratan de ser filósofos sigue sin duda provocando el descrédito de la
filosofía.
A nuestro filósofo tonto se le encendió la
bombilla de querer ser filósofo cuando se dio cuenta de su invalidez para la
vida burguesa y de que tampoco se podía salvar personalmente recurriendo a lo
literario. En primer lugar, viendo durante su época de bachiller que su
inteligencia no le permitía el cultivo de la ciencia físico-matemática, buscó
en la filosofía un atajo para llegar a la superioridad del saber. Pero la
filosofía no malnacida debe ser la culminación racional de la inteligencia
científica efectiva, no una simple cultura ideológica al servicio de la
voluntad de compensación psicológica de los débiles mentales. Desde la
Antigüedad, los psicológicamente defectuosos buscaron una falsa filosofía, la sofística
de la cultura de "humanidades" acumulativa y memorística, que les
sirviera de compensación a una incapacidad natural para la ciencia seria y que
es el único camino con el que se puede iniciar el salvífico ascenso a lo
inteligible.
Dada esta incapacidad científica del filósofo
tonto y comprobada también su ausencia de ingenio literario imaginativo y
además su torpeza para lograr claridad y brillantez en el terreno de lo
simplemente ideológico, surgió en él el deseo de filosofar como "hybris"
del tonto. Pero sus impostadas alas de falso filósofo fueron quemadas por el
implacable sol de la seria dificultad de lo que está en juego en la filosofía.
Iba a comprobar en su propia biografía que la filosofía exige para su cultivo
serio y exitoso un ascetismo de la razón, no el desarreglo bohemio de la mente
y de la vida. La filosofía no es una fiesta para sensibilidades turbias y
desviadas, sino un duro trabajo para la razón responsable. Además, el tonto
seudofilosófico nunca se libró de una grave confusión entre lo literario, lo ideológico
y lo filosófico. Y no era el primero en equivocarse buscando en la filosofía un
consuelo para deficiencias vitales. Nunca tuvo claro que la filosofía es un
recto camino hacia la supremacía de la razón y no las tortuosas vías trazadas
por una psicología malograda. Ese camino debe llevar a las relucientes cumbres
de la razón y no a las tenebrosas simas de una presunta profundidad del
espíritu inaccesible a la inteligencia.
No en vano creyó el tonto ver despertada su
vocación filosófica cuando leía a Nietzsche, ese simple "écrivain",
como le llamaba Max Scheler, que a tantos débiles mentales ha seducido y
perdido haciéndoles pasar por filosofía una enferma y destructora exaltación de
las apariencias sensibles y su sensualidad transfiguradas mediante ese término
que provoca la indeterminación irracional total, el término vida. Así, el tonto
entendía la filosofía como un subversivo licor para embriagarse de nihilismo
gozoso y para alcanzar la intensificación vital que él no podía alcanzar por
las justas satisfacciones de una juventud espiritualmente honesta y sana. Y
así, hacía uso de una supuesta filosofía como estímulo de una rebeldía sin
razón, confundiendo los vapores, que en su caso eran también muchas veces
etílicamente no metafóricos, del radicalismo y el entusiasmo adolescentes
con la verdadera filosofía. De esta manera profanaba él, como
intelectualmente mal nacido, el templo de la filosofía y la convertía en
un estímulo para sus pobres nervios similar a ciertas músicas desaforadas de
las que se hizo adepto, pervirtiéndose en él el secreto esencial inteligible de
la música por el goce inmediato de su apariencia sensual.
Como les suele suceder a los débiles mentales,
en su adolescencia le asaltaron vagas inquietudes románticas .Y la confusión
mental que ello le producía le hizo albergar la ilusión de estar en posesión de
una profundidad de espíritu que siempre sería, pensaba él, un valor de su
subjetividad. Aprendió así a oponer desde temprano a la ciencia la profundidad
de la "vivencia" de lo individual. Pero las inquietudes románticas
eran solo el resultado de tontas, triviales y torpes pasiones sensuales
que por su debilidad mental eran en él más fuertes que en otros adolescentes.
También como tantos otros débiles mentales
psicológicamente mal nacidos, vio en la filosofía un arma contra la religión
cristiano-burguesa, esa forma de religión que permite un orden de vida y una
racionalización moral de la misma que es condición para alcanzar la serenidad
de espíritu que lleva al predominio de la parte buena superior de nuestra alma.
La embriagante fruta prohibida que era la filosofía para él le condujo al
librepensamiento que hunde y destruye la personalidad en el nihilismo.
Nuestro falso filósofo era sin duda un débil
mental y también un neurópata. Cabe la duda de si se le podría llamar, en
realidad, tontiloco. Mezclaba con muy poco discernimiento un milenarismo
seudomarxista con un rechazo nietzscheano de la normalidad de los muchos. Todo
ello desembocó en una incapacidad para el estudio sistemático de la filosofía
que no pudo menos que conducirle al fracaso y a una creciente confusión mental.
Terminó en una seudofilosofía que exaltaba todo lo irracional, lo transitorio
de lo corporal sensible bajo la forma de su inmediatez placentera, el
desarreglo emocional y la intuición confusionista. Pero daba igual, porque su
debilidad mental tampoco le permitía expresar en una obra coherente y acabada
este irracionalismo maléfico. Siguió pensando, como consuelo seudofilosófico de
su incapacidad creadora, que era algo espiritual esencial una supuesta
superioridad del contenido interior en su profundidad frente a la exterioridad
de las formas.
El desenlace de la historia de este filósofo
tonto puede consistir perfectamente en que su alma no sobreviva a su cuerpo,
pues puede haber perfectamente una inmortalidad del alma condicionada al
desarrollo d e nuestra parte intelectual y al predominio de ella sobre nuestro
ser sensible para el ascenso al reino de lo eterno inteligible. Esto se consigue
mediante el conocimiento racional, primero de la ciencia natural matematizada y
luego mediante la verdadera filosofía que hace tomar conciencia del ser ideal,
que es el único objeto posible de esa ciencia y que nos salva de la
contingencia perecedera de nuestro ser sensible corporal.
El único problema real de la filosofía es el
de la oposición entre lo sensible y lo inteligible y la posible primacía
ontológica y de trascendencia ética y existencial crucial de lo segundo sobre
lo primero. La renuncia de la filosofía del día a seguir investigando una razón
que pueda despegarse totalmente de lo sensible constituye una auténtica
"traición de los clérigos".
Nuestro filósofo tonto nunca pudo moverse por
el reino de lo inteligible puro pero tampoco servía para triunfar en la vida
con sus placeres y negocios. Por eso quedó en una tierra de nadie donde
tristemente existía como lo que era: tonto, fracasado y neurópata.
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