El autor del presente libro ha decidido
ofrecer en él un conjunto de pensamientos, críticas de la vida, de la cultura y
de la filosofía y desahogos sin duda personales cuyo carácter de potpurrí, seguramente indigesto para
estómagos acostumbrados a la literatura decorativa o a la filosofía
circunspecta, no vamos a negar aquí. Sin duda, a muchos les parecerá que
estamos ante un ejercicio de sinrazón vital: las contradicciones, los exabruptos,
las opiniones sin justificación, los errores de diletante o de algo peor, las
ingenuidades -que seguramente también las hay-, las ideas peregrinas, las
provocaciones y en general la falta de circunspección intelectual así lo pueden
hacer pensar.
En
especial reconocemos las contradicciones que en este libro se hallarán. Pero la
no-sitematicidad llevada hasta el extremo de la autocontradicción es un factor
irrenunciable de la existencia singular sinceramente expresada. La
contradicción en su elementalidad sentida no reducible a orden lógico
dialéctico ninguno es ingrediente genuino de la vida.
Justamente, lo
que pretendemos es ejercer la comunicación de una perspectiva viva en la que la
no-identidad del autor y la dispersión y fragmentación de los contenidos no sea
, una vez más, un mero lema a la moda, sino una efectiva realidad de esa
vitalidad de la perspectiva y su comunicación. Queremos dejar testimonio de una
individualidad espiritual, pero no porque su perspectiva vital sea una más que
como cualquier otra tenga el “derecho” democrático a ser expresada, sino porque sabemos que se trata de una perspectiva
singular que tiene el privilegio de ser depositaria del valor vital de lo
no-vulgar, y por tanto no es solo poseedora de un valor simplemente psicológico
para el interesado profesionalmente o como aficionado, o por razones de
cercanía personal al autor, en lo desviado, peregrino o patológico. Cuando hoy
domina por doquier la cosificación ideológica marcada por distintos tipos de
vulgaridad partidista , nosotros ofrecemos una perspectiva, desde luego tampoco
sometida a la cosificación de lo sistemático, cuya objetivación cultural es
valiosa vitalmente y espiritualmente por ser esa perspectiva efecto de la
singularidad no vulgar de alguien que la mantiene como “existente” , por
emplear el término procedente de Kierkegaard.
Los
maestros cantores académicos podrán encontrar en estas páginas múltiples
motivos para descalificarlas y reírse de ellas. Estos maestros cantores no son
los mantenedores de la integridad y corrección de ninguna tradición sagrada,
sino que son solo una comunidad esotérica profesoral que actúa como lastre de todo pensamiento que
quiera ser auténticamente crítico y creativo. La proliferación cancerígena del
conocimiento histórico y filológico del pensamiento ya acontecido hace que este
problema que representa esta comunidad académica sea hoy mucho más grave que en
los tiempos en que Nietzsche publicó su segunda consideración intempestiva ,
dedicada a arremeter contra la parálisis vital provocada por la supremacía del
conocimiento académico del pasado.
Frente
a la posible fiscalización de nuestro pensamiento por los maestros cantores
académicos, nosotros nos quedamos gustosos con la mala filosofía que nos
expresa y es mantenida vitalmente, como “existentes”, y les dejamos a ellos la
buena filosofía para que sigan demostrando lo inteligentes y circunspectos que
son. Pueden decir que nosotros, en nuestra justificación “psicológica”, somos
débiles mentales, mientras que la potencia de la inteligencia que levanta toda
la morralla psicológica para llegar a la “cosa misma” está de su parte. Les
dejaremos tranquilos si creen ellos realmente que con su inteligencia
raciocinante dedicada a los comentarios de especialización hermenéutica o a la
proliferación sin medida de interpretaciones y reinterpretaciones son los
representantes de una perspectiva universal libre de toda contaminación por lo
“simplemente ideológico”. La inteligencia es una contingencia psicológica que
ni por sus resultados históricos ni por un supuesto proceder autofundante suyo
puede reivindicar para sí un acceso privilegiado a la verdad de la “cosa misma”
que le estaría vedada a la contingencia psicológica de la debilidad mental
fervorosa del sentimiento y del deseo y que reivindica lo elemental
anti-intelectual.
Nos
quedamos gustosos con lo “simplemente ideológico” y les dejamos a los maestros
cantores académicos los circunspectos asuntos de “filosofía primera”, que
nosotros no tendríamos inconveniente en despachar con un naturalismo de sentido
común. Son los problemas “simplemente ideológicos”, como problemas reales y
rastreables en su empiricidad social y cultural y como problemas que no son
resultado del simple poder de abstracción llevado a sus últimas consecuencias
para el lucimiento de la propia inteligencia, los que verdaderamente requieren
la lucha vital cultural, la búsqueda incansable, la profundización en medio del
fluir de las opiniones.
Pero
aunque lo que nosotros escribimos no tiene ningún valor académico y estamos
seguros de que se encontrará con la rechifla más que con la oposición de los
Wagner de turno ( me refiero al personaje del Fausto de Goethe, no al compositor) que se avergüenzan del
sentimiento y de la vida, tampoco en ello hemos caído en las superficialidades
y simplonerías de los literatos cuando se meten a arreglar el mundo. Nuestra
perspectiva es singular, no vulgar y no alienada de nuestra existencia como
teoría con pretensión de universalidad. Esa es nuestra “verdad subjetiva”, por
decirlo nuevamente con Kierkegaard, de la que tenemos evidencia vital y de la que no nos sacarán todos los maestros
cantores académicos del mundo.
Ni
que decir tiene que hemos decidido no seguir el famoso dicho de Ortega según el
cual “o se hace ciencia, o se hace literatura o se calla uno”. Aquí hemos hecho
algo que también podría reivindicarse apelando a otros momentos de Ortega, más
integrados en el sentido total de lo que él mismo hizo: hemos hecho expresión
de nuestra perspectiva individual, dando rienda suelta a la comunicación de
nuestras evidencias vitales, válidas para nuestra situación particular en una
circunstancia del mundo. Ortega en buena parte de su obra también hizo esto,
expresar su perspectiva contingente y no autofundable dentro de la realidad
social y cultura de la España y la Europa de su tiempo, pero también pretendió
hacer ciencia ontológica de la vida, en la parte más enfáticamente filosófica
de su obra, donde trató de ofrecer las “estructuras” constantes y universales
del sentido de todo vivir humano posible. Pero este intento de decir en qué
consiste el vivir en general es un modo residual de “esencialismo” de la vida y
una colonización filosófica de la vida que también maltrata su
inaprehensibilidad por el concepto, su ser irreductible a universalidad. Hacer
ontología de la vida es ya salirse de lo que el existente puede asumir como
directamente vivido, como no alienado de su existencia, y elevarse a la
falsedad y cosificación de lo universal que se enseñorea de la particularidad
vital, de su radical no-identidad.
En lugar de
demorarnos en una filosofía que descubra el necesario ser en una perspectiva
para poder ver el mundo y señalar lo que de ello se desprende para la vivencia
de la verdad y para el compartirla intersubjetivamente, lo que hacemos es
situarnos directamente en nuestra perspectiva particular contingente, mirar el
mundo desde ella y expresar lo visto así en evidencia vital, es decir, no
universalizable pero constituyente de nuestra verdad subjetiva , de la que no
podemos escapar para elevarnos al punto de vista objetivo universal de ninguna
doctrina filosófica depurada de subjetividad contingente. El que quiera hacer
otra cosa que haga lógica o ciencia matemática de la naturaleza, porque todo lo
demás es “psicología”, concurrencia de las perspectivas individuales.
Si se quiere
hacer ciencia filosófica, a partir del “ser ideal” y la imposibilidad lógica de
naturalizarlo (por el conocido argumento de que hacerlo presupone la validez
lógica ideal de los juicios mediante los que ello se intenta) o a partir de los
“modos de darse” universales y necesarios de las “cosas mismas”, no podemos
llegar a los contenidos reales y concretos de la vida y la cultura ni a su
sentido particular fáctico. Para ello hay que descender a lo material y
contingente de la psicología, lo social, lo político, lo histórico, la cultura
sofística y la ideología. Y eso es lo que nosotros hemos hecho. Y hay que
utilizar las ideas que se encuentran fácticamente conformadas en medio de todo
ello, y no es posible cambiar, como pedía Husserl, los poco fiables “billetes
grandes” de esas ideas por la
“calderilla” contante y sonante del proceder descriptivo meticuloso que nos
ofrece la verdad en la originariedad de
su darse a la conciencia. La calderilla husserliana no es otra cosa que el
conjunto de trivialidades abstractas en las que resulta la descripción,
según términos de alcance ontológico, de
la experiencia inmediata, calderilla que no sube de rango por la operación de
presentar tal descripción como poseedora de valor “trascendental”, lo cual es
una operación consistente meramente en marcar arbitrariamente el énfasis
filosófico y no puede ser justificado por ninguna mostración de lo que la
experiencia inmediata es originariamente.
Tampoco vamos
a negar que lo que contiene este libro es un conglomerado de apreciaciones
ideológicas y filosóficas producidas por la mente de un “pequeñoburgués
enloquecido”, como diría Engels. Precisamente por eso, lo aquí dicho no corre
el peligro de tener ninguna influencia sobre lo práctico-material de la historia
del mundo que pudiera venir a continuar la nefasta tradición de las ideologías
con pretensiones de dominio del mundo, que tantas catástrofes abyectas causaron
en el siglo XX, y también por ello lo aquí dicho queda circunscrito al campo de
una cultura personal privada que busca su expresión exclusivamente por un
interés de autoafirmación individualista inmune frente a todo peligro de
malinterpretación comunitaria que vuelva a llevar a aventuras prácticas de
transformación del mundo, cuyos resultados ya se sabe cuáles han sido. Si las
evidencias vitales fueran a tener traducción en acciones que desbordaran el
estricto ámbito pre-político de las relaciones psicológicas y las preferencias
culturales privadas sería obligatorio moralmente someterlas a un férreo control
pragmático. Pero nuestras evidencias vitales solo pretenden tener traducción
psicológica en el ámbito de nuestra cultura privada y alcanzar expresión, como
hemos dicho, solo con fines de autoafirmación individualista.
Que nuestra
perspectiva vital tiene relevancia y valor como para decidir su objetivación
cultural en este blog es algo que ya no se puede argumentar sino que es ya solo
objeto de una evidencia vital que privadamente tenemos y que ofrecemos por si
alguien puede llegar a compartirla con nosotros. Si ello no es posible la
seguiremos teniendo en solitario.
Sin duda estos
escritos configura la expresión de una fisonomía espiritual contradictoria,
confusa e informe, pero con esa expresión seguimos el imperativo también
orteguiano de ser fieles a nuestro punto de vista, de resistir la “eterna
seducción” de cambiar nuestra retina por otra imaginaria, lo cual es ejercicio
de verdad como “coincidencia del hombre consigo mismo”. Y con ello estaríamos
viviendo efectivamente un “aspecto del mundo”, el aspecto que el mundo adquiere
ante nuestra mirada situada en perspectiva y que nadie más que nosotros puede
descubrir. Con esta idea de verdad, lo que se vuelve problemático no es la
coincidencia de lo captado por la perspectiva individual con el punto de vista
supraindividual del racionalismo, sino la relevancia y el valor de cada una de
las perspectivas individuales, el que nuestra perspectiva individual aporte
algo cuya comunicación cultural sea relevante y valiosa. Que nuestra
perspectiva lo aporte es algo que tendrá que juzgar el lector, pero en
todo caso si nosotros la comunicamos es porque tenemos la evidencia, que solo
puede ser tenida estando de hecho en la perspectiva juzgada en su valor, de que
sí lo hace. Esta evidencia vital, no asegurable como evidencia puramente
objetiva del intelecto sin perspectiva individual, es la justificación última
de la publicación de estos escritos.
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