lunes, 24 de diciembre de 2018

PRESENTACIÓN


El autor del presente libro ha decidido ofrecer en él un conjunto de pensamientos, críticas de la vida, de la cultura y de la filosofía y desahogos sin duda personales cuyo carácter de potpurrí, seguramente indigesto para estómagos acostumbrados a la literatura decorativa o a la filosofía circunspecta, no vamos a negar aquí. Sin duda, a muchos les parecerá que estamos ante un ejercicio de sinrazón vital: las contradicciones, los exabruptos, las opiniones sin justificación, los errores de diletante o de algo peor, las ingenuidades -que seguramente también las hay-, las ideas peregrinas, las provocaciones y en general la falta de circunspección intelectual así lo pueden hacer pensar.
            En especial reconocemos las contradicciones que en este libro se hallarán. Pero la no-sitematicidad llevada hasta el extremo de la autocontradicción es un factor irrenunciable de la existencia singular sinceramente expresada. La contradicción en su elementalidad sentida no reducible a orden lógico dialéctico ninguno es ingrediente genuino de la vida.  
Justamente, lo que pretendemos es ejercer la comunicación de una perspectiva viva en la que la no-identidad del autor y la dispersión y fragmentación de los contenidos no sea , una vez más, un mero lema a la moda, sino una efectiva realidad de esa vitalidad de la perspectiva y su comunicación. Queremos dejar testimonio de una individualidad espiritual, pero no porque su perspectiva vital sea una más que como cualquier otra tenga el “derecho” democrático  a ser expresada, sino porque sabemos que se trata de una perspectiva singular que tiene el privilegio de ser depositaria del valor vital de lo no-vulgar, y por tanto no es solo poseedora de un valor simplemente psicológico para el interesado profesionalmente o como aficionado, o por razones de cercanía personal al autor, en lo desviado, peregrino o patológico. Cuando hoy domina por doquier la cosificación ideológica marcada por distintos tipos de vulgaridad partidista , nosotros ofrecemos una perspectiva, desde luego tampoco sometida a la cosificación de lo sistemático, cuya objetivación cultural es valiosa vitalmente y espiritualmente por ser esa perspectiva efecto de la singularidad no vulgar de alguien que la mantiene como “existente” , por emplear el término procedente de Kierkegaard.
            Los maestros cantores académicos podrán encontrar en estas páginas múltiples motivos para descalificarlas y reírse de ellas. Estos maestros cantores no son los mantenedores de la integridad y corrección de ninguna tradición sagrada, sino que son solo una comunidad esotérica profesoral  que actúa como lastre de todo pensamiento que quiera ser auténticamente crítico y creativo. La proliferación cancerígena del conocimiento histórico y filológico del pensamiento ya acontecido hace que este problema que representa esta comunidad académica sea hoy mucho más grave que en los tiempos en que Nietzsche publicó su segunda consideración intempestiva , dedicada a arremeter contra la parálisis vital provocada por la supremacía del conocimiento académico del pasado.
            Frente a la posible fiscalización de nuestro pensamiento por los maestros cantores académicos, nosotros nos quedamos gustosos con la mala filosofía que nos expresa y es mantenida vitalmente, como “existentes”, y les dejamos a ellos la buena filosofía para que sigan demostrando lo inteligentes y circunspectos que son. Pueden decir que nosotros, en nuestra justificación “psicológica”, somos débiles mentales, mientras que la potencia de la inteligencia que levanta toda la morralla psicológica para llegar a la “cosa misma” está de su parte. Les dejaremos tranquilos si creen ellos realmente que con su inteligencia raciocinante dedicada a los comentarios de especialización hermenéutica o a la proliferación sin medida de interpretaciones y reinterpretaciones son los representantes de una perspectiva universal libre de toda contaminación por lo “simplemente ideológico”. La inteligencia es una contingencia psicológica que ni por sus resultados históricos ni por un supuesto proceder autofundante suyo puede reivindicar para sí un acceso privilegiado a la verdad de la “cosa misma” que le estaría vedada a la contingencia psicológica de la debilidad mental fervorosa del sentimiento y del deseo y que reivindica lo elemental anti-intelectual.
            Nos quedamos gustosos con lo “simplemente ideológico” y les dejamos a los maestros cantores académicos los circunspectos asuntos de “filosofía primera”, que nosotros no tendríamos inconveniente en despachar con un naturalismo de sentido común. Son los problemas “simplemente ideológicos”, como problemas reales y rastreables en su empiricidad social y cultural y como problemas que no son resultado del simple poder de abstracción llevado a sus últimas consecuencias para el lucimiento de la propia inteligencia, los que verdaderamente requieren la lucha vital cultural, la búsqueda incansable, la profundización en medio del fluir de las opiniones.
            Pero aunque lo que nosotros escribimos no tiene ningún valor académico y estamos seguros de que se encontrará con la rechifla más que con la oposición de los Wagner de turno ( me refiero al personaje del Fausto de Goethe, no al compositor) que se avergüenzan del sentimiento y de la vida, tampoco en ello hemos caído en las superficialidades y simplonerías de los literatos cuando se meten a arreglar el mundo. Nuestra perspectiva es singular, no vulgar y no alienada de nuestra existencia como teoría con pretensión de universalidad. Esa es nuestra “verdad subjetiva”, por decirlo nuevamente con Kierkegaard, de la que tenemos evidencia vital y de la que no nos sacarán todos los maestros cantores académicos del mundo.
            Ni que decir tiene que hemos decidido no seguir el famoso dicho de Ortega según el cual “o se hace ciencia, o se hace literatura o se calla uno”. Aquí hemos hecho algo que también podría reivindicarse apelando a otros momentos de Ortega, más integrados en el sentido total de lo que él mismo hizo: hemos hecho expresión de nuestra perspectiva individual, dando rienda suelta a la comunicación de nuestras evidencias vitales, válidas para nuestra situación particular en una circunstancia del mundo. Ortega en buena parte de su obra también hizo esto, expresar su perspectiva contingente y no autofundable dentro de la realidad social y cultura de la España y la Europa de su tiempo, pero también pretendió hacer ciencia ontológica de la vida, en la parte más enfáticamente filosófica de su obra, donde trató de ofrecer las “estructuras” constantes y universales del sentido de todo vivir humano posible. Pero este intento de decir en qué consiste el vivir en general es un modo residual de “esencialismo” de la vida y una colonización filosófica de la vida que también maltrata su inaprehensibilidad por el concepto, su ser irreductible a universalidad. Hacer ontología de la vida es ya salirse de lo que el existente puede asumir como directamente vivido, como no alienado de su existencia, y elevarse a la falsedad y cosificación de lo universal que se enseñorea de la particularidad vital, de su radical no-identidad.
En lugar de demorarnos en una filosofía que descubra el necesario ser en una perspectiva para poder ver el mundo y señalar lo que de ello se desprende para la vivencia de la verdad y para el compartirla intersubjetivamente, lo que hacemos es situarnos directamente en nuestra perspectiva particular contingente, mirar el mundo desde ella y expresar lo visto así en evidencia vital, es decir, no universalizable pero constituyente de nuestra verdad subjetiva , de la que no podemos escapar para elevarnos al punto de vista objetivo universal de ninguna doctrina filosófica depurada de subjetividad contingente. El que quiera hacer otra cosa que haga lógica o ciencia matemática de la naturaleza, porque todo lo demás es “psicología”, concurrencia de las perspectivas individuales.
Si se quiere hacer ciencia filosófica, a partir del “ser ideal” y la imposibilidad lógica de naturalizarlo (por el conocido argumento de que hacerlo presupone la validez lógica ideal de los juicios mediante los que ello se intenta) o a partir de los “modos de darse” universales y necesarios de las “cosas mismas”, no podemos llegar a los contenidos reales y concretos de la vida y la cultura ni a su sentido particular fáctico. Para ello hay que descender a lo material y contingente de la psicología, lo social, lo político, lo histórico, la cultura sofística y la ideología. Y eso es lo que nosotros hemos hecho. Y hay que utilizar las ideas que se encuentran fácticamente conformadas en medio de todo ello, y no es posible cambiar, como pedía Husserl, los poco fiables “billetes grandes” de esas ideas por  la “calderilla” contante y sonante del proceder descriptivo meticuloso que nos ofrece la verdad en  la originariedad de su darse a la conciencia. La calderilla husserliana no es otra cosa que el conjunto de trivialidades abstractas en las que resulta la descripción, según  términos de alcance ontológico, de la experiencia inmediata, calderilla que no sube de rango por la operación de presentar tal descripción como poseedora de valor “trascendental”, lo cual es una operación consistente meramente en marcar arbitrariamente el énfasis filosófico y no puede ser justificado por ninguna mostración de lo que la experiencia inmediata es originariamente.
Tampoco vamos a negar que lo que contiene este libro es un conglomerado de apreciaciones ideológicas y filosóficas producidas por la mente de un “pequeñoburgués enloquecido”, como diría Engels. Precisamente por eso, lo aquí dicho no corre el peligro de tener ninguna influencia sobre lo práctico-material de la historia del mundo que pudiera venir a continuar la nefasta tradición de las ideologías con pretensiones de dominio del mundo, que tantas catástrofes abyectas causaron en el siglo XX, y también por ello lo aquí dicho queda circunscrito al campo de una cultura personal privada que busca su expresión exclusivamente por un interés de autoafirmación individualista inmune frente a todo peligro de malinterpretación comunitaria que vuelva a llevar a aventuras prácticas de transformación del mundo, cuyos resultados ya se sabe cuáles han sido. Si las evidencias vitales fueran a tener traducción en acciones que desbordaran el estricto ámbito pre-político de las relaciones psicológicas y las preferencias culturales privadas sería obligatorio moralmente someterlas a un férreo control pragmático. Pero nuestras evidencias vitales solo pretenden tener traducción psicológica en el ámbito de nuestra cultura privada y alcanzar expresión, como hemos dicho, solo con fines de autoafirmación individualista.
Que nuestra perspectiva vital tiene relevancia y valor como para decidir su objetivación cultural en este blog es algo que ya no se puede argumentar sino que es ya solo objeto de una evidencia vital que privadamente tenemos y que ofrecemos por si alguien puede llegar a compartirla con nosotros. Si ello no es posible la seguiremos teniendo en solitario.
Sin duda estos escritos configura la expresión de una fisonomía espiritual contradictoria, confusa e informe, pero con esa expresión seguimos el imperativo también orteguiano de ser fieles a nuestro punto de vista, de resistir la “eterna seducción” de cambiar nuestra retina por otra imaginaria, lo cual es ejercicio de verdad como “coincidencia del hombre consigo mismo”. Y con ello estaríamos viviendo efectivamente un “aspecto del mundo”, el aspecto que el mundo adquiere ante nuestra mirada situada en perspectiva y que nadie más que nosotros puede descubrir. Con esta idea de verdad, lo que se vuelve problemático no es la coincidencia de lo captado por la perspectiva individual con el punto de vista supraindividual del racionalismo, sino la relevancia y el valor de cada una de las perspectivas individuales, el que nuestra perspectiva individual aporte algo cuya comunicación cultural sea relevante y valiosa. Que nuestra perspectiva lo aporte es algo que tendrá﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ar el lector, pero en todo caso a de las perspectivas individuales , el que la comunicaci de una evidencia vital que pá que juzgar el lector, pero en todo caso si nosotros la comunicamos es porque tenemos la evidencia, que solo puede ser tenida estando de hecho en la perspectiva juzgada en su valor, de que sí lo hace. Esta evidencia vital, no asegurable como evidencia puramente objetiva del intelecto sin perspectiva individual, es la justificación última de la publicación de estos escritos.


1 comentario:

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